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Prospects on Education

Social stakeholders' perspectives

Universidad del Pais Vasco EHU

Universidad del Pais Vasco EHU

Donostia Gipuzkoa

What kind of personal, social and professional competences do young people need for a successful personal, social and labour market integration within the knowledge society?

Desde mi punto de vista, sería necesario disponer de un conjunto de competencias personales y sociales que permitan a los niños, niñas y adolescentes vivir en armonía con los demás y utilizar su creatividad en aras de su adaptación personal y social. En concreto se podrían identificar algunas competencias a desarrollar tales como:

A nivel cognitivo-emocional:

1. Tener alto autoconcepto-autoestima.

2. Tener alta capacidad de empatía o capacidad para percibir intelectual y emocionalmente los estados emocionales de otros seres humanos.

3. Tener capacidad de expresión emocional.

4. Tener autocontrol emocional: capacidad de control de los impulsos y necesidades inmediatas.

A nivel social:

1. Tener alta capacidad de comunicación, de habilidades de comunicación verbal y no verbal:

• capacidad para exponer el punto de vista propio, incluso cuando se perciba que el resto del grupo tendrá un punto de vista diferente.

• capacidad para escuchar activamente a las otras personas.

• capacidad para dialogar racionalmente.

• capacidad para negociar y tomar decisiones por consenso...

2. Tener conductas sociales positivas con los demás:

• ser capaz de establecer relaciones de ayuda con los demás.

• capacidad de cooperación.

• capacidad de liderazgo prosocial…

3. Disponer de estrategias positivas-constructivas-cooperativas de resolución de conflictos humanos

A nivel cognitivo-intelectual

1. Tener un alto nivel de creatividad en diferentes dimensiones de la misma:

• creatividad verbal

• creatividad social: resolución de conflictos

• creatividad artística: gráfico-figurativa, constructiva, dramática…

2. Tener capacidad de pensamiento crítico, capacidad para evaluar aspectos positivos y negativos de uno mismo, de los demás, y de una situación.

3. Tener inteligencia emocional: ser capaz de analizar las causas o factores que generan emociones positivas y negativas, sus consecuencias, así como formas constructivas de afrontamiento de emociones negativas.

What kind of new values are needed in primary, secondary and university education for students to live and coexist in harmony?

Respecto a los valores ético-morales para fomentar una educación para la paz y la convivencia, los que se pueden considerar más importantes para educar en la escuela, en la familia y en la sociedad, desde mi punto de vista, los valores primordiales serían ocho: diálogo, tolerancia, libertad, solidaridad, igualdad, justicia, respeto por la naturaleza y paz (Garaigordobil y Fagoaga, 2006).

El Diálogo

El diccionario de la lengua define el diálogo como: "Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos. Discusión o trato en busca de avenencia". En un sentido amplio, el diálogo es una conversación, una charla o coloquio entre dos o más personas en las que se intercambian opiniones o puntos de vista, a veces irrenunciables, en la búsqueda de un entendimiento entre las partes. El diálogo supone y exige la voluntad decidida en los participantes de aceptar la parte de verdad del otro, y la consiguiente actitud de provisionalidad o precariedad de la propia verdad. En este sentido, el diálogo parte del reconocimiento de la igual legitimidad de los interlocutores y de la voluntad de comprender y respetar las razones que apoyan las diferentes posiciones, concepciones, valores y conductas (Ortega, Mínguez y Gil, 1996).

La acción de dialogar no es un ejercicio exclusivamente intelectual abocado a esclarecer las ideas y opiniones de los interlocutores, sino que en él intervienen otros elementos como el afectivo, y exige determinados requisitos como el aprendizaje de actitudes y la adquisición de una serie de habilidades. El diálogo supone una actitud de respeto hacia las opiniones, creencias, valores y conductas del interlocutor, una voluntad de entendimiento y disposición para la búsqueda de un consenso; un reconocimiento de la dignidad de todos y una cierta capacidad para valorar y comprender las posiciones personales del interlocutor, así como para modificar las propias. En cuanto a las habilidades, la capacidad de empatía y la capacidad de autocontrol se muestran como elementos indispensables de una comunicación dialógica (Ortega et al. 1996).

El diálogo es una de las herramientas, uno de los procedimientos más valiosos de los que dispone el hombre para poder resolver los conflictos y disfrutar de una convivencia en armonía. El diálogo y la negociación constituyen dos pilares fundamentales en la creación de sociedades democráticas, sin embargo, los actuales conflictos religiosos, políticos, interétnicos que sacuden el mundo, ponen de relieve la existencia de un fracaso sistemático en la manera de resolverlos. En muchos de ellos la violencia, el fanatismo y la crueldad se imponen a la negociación, el diálogo y el consenso.

Por ello muchos profesionales de la psicología y la educación se plantean la necesidad de desarrollar la capacidad de diálogo durante la infancia y la adolescencia. Pero, tal y como se ha señalado anteriormente, el aprendizaje de valores no puede quedar reducido a un mero conocimiento, sino que su apropiación exige la práctica, la experiencia. De todo ello se deduce la urgente necesidad de incluir el diálogo como un elemento básico en el aula y el propósito de trabajar por él y desde él. Sin embargo, la metodología vigente actualmente en la escuela prioriza el trabajo individual, estructura una relación bidireccional profesor-alumno, y no favorece el aprendizaje de las habilidades de comunicación ni el diálogo.

La Tolerancia

En una sociedad como la actual, concebida en todos los sentidos como un sistema plural, la tolerancia emerge como uno de los valores más urgentes y necesarios. Vivimos en un momento de gran diversidad en lo que respecta a razas, culturas, religiones..., pero en el que es habitual encontrar, sin embargo, cuadros como la xenofobia, el racismo o el fundamentalismo que pueden interpretarse en último término desde la ausencia de tolerancia. En este sentido, la tolerancia debería albergar una sociedad plural en la que las diferentes culturas, religiones, opiniones, creencias, manifestaciones sean consideradas, promovidas y respetadas. "La tolerancia supone comprender que la diversidad, el multiculturalismo y el pluralismo, cuya expresión es la existencia de opiniones políticas diferentes, creencias diversas o sensibilidades morales distintas, lejos de ser un fenómeno negativo y que impide la convivencia en paz, derivan de la propia condición humana y pueden convertirse en consecuencia, en la ocasión para el mutuo enriquecimiento" (Lobo, 1995).

El diccionario de la Real Academia española, señala como principales sentidos de "tolerar" y "tolerancia" los siguientes aspectos: sufrir, llevar con paciencia, permitir algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque repugnen a las nuestras y reconocimiento de la inmunidad política para los que profesan religiones distintas de las admitidas oficialmente. La tolerancia implica la reflexión atenta y cuidadosa sobre el objeto a tolerar. Tolerancia no es sinónimo de permisividad indiferente o pasividad. Es una disposición decidida a prestar atención activa con nuestro pensamiento o acción a las diferentes opiniones, creencias, valores y conductas concretas que difieren de las nuestras, desde la consideración de que los otros pueden tener una parte de verdad, o que nosotros no poseemos toda la verdad. La tolerancia se opone, por tanto, al fanatismo y dogmatismo en todas sus formas (Ortega et al. 1996).

El derecho al reconocimiento de nuestra dignidad como personas, el derecho a ser tolerados es una condición inherente a la naturaleza humana. Sin embargo, no nacemos tolerantes, la capacidad para manifestar el reconocimiento hacia la dignidad del otro, la predisposición al respeto, aceptación y promoción de ideas, creencias, opiniones o modos de vida legítimos, aunque dispares a los nuestros, y con los que quizá uno no se identifica, requiere de un aprendizaje. En este sentido, la escuela surge como un contexto privilegiado para este tipo de aprendizajes, así como para hacer frente a los problemas de intolerancia. La escuela puede contribuir, desde sus propuestas y su modelo democrático de convivencia, a generar y poner en práctica el respeto por las diferencias de pensamiento y la diversidad de culturas.

De manera congruente con la amplitud del término y las abundantes competencias que la condición de sujeto tolerante exige, la educación para la tolerancia conlleva unos aprendizajes previos, y la adquisición de una serie de capacidades y habilidades que faciliten la comunicación, la escucha y el diálogo, así como la aptitud para adoptar el punto de vista del otro, la aceptación de la diversidad... Ello nos obliga a introducir en los procesos educativos, como actividad fundamental, el diálogo interpersonal crítico e impulsar progresivamente actitudes de colaboración entre los alumnos y las alumnas, haciendo del diálogo y la cooperación recursos básicos en la enseñanza (Cuenca, 1990).

Para Escámez (1995) seis son las líneas de acción que podrían servir de base para un programa de educación para la tolerancia en la escuela: 1) Promoción de un pensamiento crítico que obligue a buscar y demandar razones que justifican las creencias y acciones; 2) Promoción de un clima democrático en el aula; 3) Promoción del diálogo; 4) Promoción del conocimiento sobre lo que tenemos en común con otras personas que facilite la construcción de personalidades diferentes; 5) Promoción del compromiso y la cooperación con los demás; y 6) Promoción de comportamientos tolerantes.

La Libertad

La libertad, sin duda, ocupa uno de los peldaños más altos en la jerarquía de los valores éticos al estar estrechamente ligada a la naturaleza humana. Es uno de los valores más intuitivamente comprensible a pesar de la amplitud y complejidad que el término encierra. Así pues, el término libertad arropa una serie de derechos básicos como son el derecho a la libertad de expresión, libertad de opinión, libertad de movimientos, libertad de vivir, libertad de ejercer la propia cultura... De todo ello se deduce que la libertad, en todas sus formas, el "ser y sentirse libre" es un derecho fundamental cuya garantía debería ser inherente a la condición humana. Sin embargo, es suficiente con mirar a nuestro alrededor para ser conscientes de que es un valor ético muy frágil y continuamente amenazado. En el diccionario de la Real Academia Española se define la libertad como "facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos". De esta definición se deduce que la libertad exige personalidades autónomas que decidan voluntariamente sus conductas y que asuman las consecuencias de sus propios actos. La libertad debe ser entendida como independencia, como opción de participación y como autonomía (Cortina, 2000-2001).

En el ámbito concreto de la educación, la libertad constituye una base ineludible y su expansión uno de los objetivos prioritarios que debe contemplar todo proceso educativo. El fin de la educación para la libertad no es otro que la construcción de personalidades autónomas que decidan libremente sus conductas, lo que exige la creación de estructuras de relación o modos de vida que permitan un pensamiento y acción libres a los niños y adolescentes. Es decir, que se expresen en y desde la libertad, y que asuman las consecuencias de sus propios actos (Ortega et al. 1996). La educación para la libertad no puede reducirse a un entrenamiento puramente intelectual, sino que la libertad se aprende desde el ejercicio mismo de la libertad. Llevar estos objetivos a la práctica supone el abandono de una enseñanza dogmática, directiva y autoritaria en favor de un clima educativo en el que prime la autonomía, la participación, el diálogo, la exposición de motivos frente a la imposición, así como la asunción de responsabilidades por parte de los alumnos.

La Solidaridad

En la actualidad, debido a las múltiples injusticias que de manera sistemática afectan a un gran sector de la humanidad, debido a la creciente diferencia ente países ricos y pobres que sitúan a los primeros en una posición privilegiada mientras los segundos se hunden en la marginación y luchan por la supervivencia, la solidaridad emerge como un valor fundamental en el camino hacia una organización y un funcionamiento social basado en la idea de justicia e igualdad.

El término "solidaridad" es un concepto amplio, con múltiples conexiones e implicaciones. Muchos son los autores que han reflexionado sobre el término y que aportan a la literatura definiciones y elementos importantes del mismo. Amengual (1993) al hablar de solidaridad hace referencia a dos aspectos: 1) a la unión o vinculación entre las personas, y 2) a la responsabilidad recíproca individual y personalizada respecto de cada uno y de todos en conjunto. García Roca (1994) analiza el concepto de solidaridad destacando los siguientes componentes esenciales del término: 1) Compasión: la solidaridad incluye un sentimiento fundamental de fraternidad, de sentirse afectado en la propia carne por los sufrimientos de los otros que son también propios; 2) Dignidad: Reconocimiento de la dignidad de las personas; y 3) Universalidad: la solidaridad debe trascender todas las fronteras políticas, religiosas, culturales... para instalarse en cualquier persona y en cualquier momento. Cortina (1993) entiende la solidaridad en un doble sentido: 1) como la actitud personal dirigida a potenciar la trama de relaciones que une a los miembros de una sociedad, pero no por afán instrumental, sino por afán de lograr con los restantes miembros de la sociedad un entendimiento; y 2) como la actitud social dirigida a potenciar a los más débiles, habida cuenta de que es preciso intentar una igualación, si queremos realmente que todos ejerzan su libertad.

Como cualquier otro valor, la solidaridad se aprende en la experiencia con otras personas que manifiestan conductas solidarias. La solidaridad tiene múltiples conexiones e implicaciones así como la necesaria adquisición previa de una serie de competencias y habilidades para alcanzar tal condición. De este modo, parece evidente que una educación para la solidaridad necesariamente debe detenerse en la formación de actitudes positivas hacia la participación social y en el desarrollo de una conciencia moral autónoma en la que el altruismo y la atención al mundo de la marginación, de la pobreza se constituyan como valores morales que den un sentido y sirvan de respaldo a la acción solidaria. Por último comentar que para que sea posible la solidaridad se debe crear un convencimiento de que la persona "no existe sino hacia los otros, no se conoce sino por los otros, no se encuentra sino en los otros... Casi se podría decir que sólo existo en la medida en que existo para los otros" (Mounier, 1972).

Como subraya Cortina (2000-2001) es imposible ser solidario si no se experimenta la debilidad, la tristeza o el desánimo. Quien no valora estar con otro en el momento de la mayor vulnerabilidad, en ese momento en que alguien no se encuentra en una posición de simetría, sino que se encuentra por debajo, es imposible que alguien se dé cuenta de lo que vale poder estar con otro en el momento de la debilidad. Y esa solidaridad es preciso ejercerla a nivel universal y local, evitando que la solidaridad universal sea una coartada para eludir responsabilidades en el lugar concreto, y evitando que el localismo nos lleve a olvidar que somos "ciudadanos del mundo".

La Igualdad

Según el diccionario del uso del español (Moliner, 1998) se define igualdad como cualidad de igual, como circunstancia de ser tratadas de la misma manera las personas de todas las categorías sociales. La igualdad ha estado asociada al concepto de igualdad política, pero la igualdad política no lo es todo. Es evidente que la libertad únicamente tiene sentido en una sociedad en la que sus integrantes tengan igualdad de oportunidades. Históricamente, tras el reconocimiento de la igualdad civil del hombre, se reconoce la de la mujer, al tiempo que, con el reconocimiento de otros derechos, se profundiza en el concepto de igualdad. El derecho al trabajo, a la educación, a un salario digno, a la salud... son elementos que concretan el principio general de igualdad de todos los seres humanos.

La igualdad debe ser entendida desde tres parámetros: igualdad en dignidad, igualdad económica, e igualdad en competencias (Cortina, 2000-2001). En la actualidad existen países en los que la desigualdad, la discriminación y la marginación de grupos específicos es una realidad. Además, en ocasiones aunque la ley asegure el derecho, en la realidad no se puede ejercer. Así, queda un largo camino en la consecución de la igualdad como derecho universal real que implica necesariamente la aceptación de las diferencias en la igualdad de oportunidades.

La Justicia

No existe un modo uniforme y homogéneo de entender la justicia. No hay una concepción sistemática. Existen discrepancias ya no sólo en función de las diferentes interpretaciones de la justicia, a veces incompatibles, en las leyes e instituciones que gobiernan la sociedad, sino también en la manera de practicarla por parte de las personas o en relación a un contexto o momento determinado. Cada cultura, tradición o pueblo posee una concepción de justicia que cambia con el paso del tiempo y es interpretada de manera diferente.

Han sido muchas las definiciones encaminadas a dar repuesta a la pregunta ¿Qué es justicia? Aristóteles entiende que el núcleo central de la justicia lo constituye la igualdad y la legalidad. Es decir, justicia es obediencia a la ley, que al ser cumplida, hace iguales a todos. Por lo que se refiere a nuestra cultura, el valor de la justicia se ha ligado estrechamente con la libertad y la igualdad, aunque también se le ha añadido el valor de la tolerancia para darle contenido moral. El respeto a las diferencias culturales, ideológicas o religiosas es garantía de una sociedad justa. Así, libertad, igualdad y tolerancia son los pilares que configuran una convivencia justa y en paz (Ortega et al. 1996).

La escuela constituye un contexto privilegiado para formar a los niños y adolescentes en lo que es y no es justo, ya que esta capacidad muy lejos de ser innata, se desarrolla en la experiencia personal con el otro, con los demás. Algunos autores (Ortega et al. 1996) plantean líneas de actuación en el aula como propuesta educativa para formar personas justas. En este sentido, consideran importante la sensibilización de los alumnos, utilizando para ello situaciones y conductas próximas que les permitan observar realidades de injusticia, al mismo tiempo que se les ofrece información que favorezca una mejor comprensión de las mismas.

Es imprescindible estimular una actitud favorecedora de justicia que se manifieste en una disposición a comportarse justamente. Puesto que tanto en otras sociedades como en la nuestra también ocurren experiencias positivas de justicia, sería positivo que los niños y adolescentes identificasen comportamientos que, a su juicio, evidencian el valor de la justicia en su entorno más cercano. El último paso no es otro que motivar a los niños y adolescentes para que se impliquen en la acción, para que realicen un esfuerzo por delimitar cómo intervenir en la realidad de su entorno más cercano, para que obren de manera justa a través de conductas concretas.

El respeto por la naturaleza

La problemática ambiental constituye, en la actualidad, un importante tema de reflexión y de preocupación para el conjunto de la sociedad, pues su gravedad pone en peligro no sólo la capacidad de los seres humanos de disponer de los recursos naturales necesarios para su bienestar, sino la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus necesidades más elementales y alcanzar un nivel de desarrollo humano óptimo. Tal y como señalan los estudios ecológicos y sociológicos más recientes, la contaminación ambiental, la desertización de amplias zonas del planeta, la progresiva reducción de la capa de ozono... son cuestiones que ocupan un lugar importante en el conjunto de las preocupaciones de la población. Pero esta preocupación por la naturaleza no ha existido siempre en la conciencia de los países occidentales. Durante los dos últimos siglos los occidentales hemos considerado a la naturaleza como algo sin vida, algo a nuestra disposición que podíamos explotar de manera incansable. Ha sido la aparición en los últimos años de una serie de acontecimientos, lo que ha disparado la alarma de la existencia de una crisis ecológica, que nos obliga inevitablemente a un cambio de actitud si queremos evitar que la situación se agrave.

Vivimos en una sociedad en la que la producción y el consumo desmesurado se han convertido en un estilo de vida, y no somos conscientes de la manera agresiva con la que nos enfrentamos diariamente a la naturaleza exigiéndole más de lo que puede ofrecer. Por consiguiente, si queremos respetar la naturaleza, debemos comenzar por cambiar nuestro estilo de vida y nuestra manera de relacionarnos con ella. Debemos aprender a verla tal y como es, como un ser vivo, animado, con una serie de potencialidades pero también de limitaciones. La educación ambiental no puede quedar reducida al tratamiento de problemas concretos, es necesario ahondar mucho más y aspirar a modificar el modo en que el hombre se relaciona con su medio. Conservar el planeta, es decir, respetar y cuidar a todos los seres vivos como fundamento ético exige una educación guiada, que modifique las actitudes y prácticas personales-sociales, y que forme a las personas para cuidar y proteger el medio ambiente.

En la escuela las actividades dirigidas a la educación ambiental no han recibido la atención que se merecen. El problema de la ecología ha sido abordado de manera excesivamente teórica quedando los valores y las actitudes desplazados siempre a un segundo plano. Por tanto, y de manera contraria a como se ha venido haciendo, es necesario enmarcar la educación ambiental en el ámbito de la educación en valores y desarrollar experiencias de carácter educativo que, por un lado, ayuden a los niños y adolescentes a tomar conciencia de sus creencias y conductas con respecto al medio ambiente y, por otro lado, susciten actitudes positivas hacia la naturaleza que se traduzcan en conductas comprometidas con la mejora y conservación del entorno.

La Paz

Paz significa justicia social, igualdad, bienestar, cooperación, tranquilidad interior... Es un concepto que conduce al crecimiento y a afrontar-resolver conflictos de una manera no violenta. Por el contrario, violencia es una conducta agresiva-destructiva, causada por unas personas concretas contra otras, pero también se debe considerar la violencia estructural que se origina en los intereses económicos de una minoría, y provoca que algunas personas tengan que llevar una vida muy difícil para poder cubrir las necesidades básicas de alimentación, medicina, educación...

Actualmente existe un acuerdo entre los estudiosos del tema en afirmar que la concepción del término paz no puede quedar reducida a su aspecto negativo (ausencia de guerra), sino que coinciden en la necesidad de atender también a su sentido positivo. Para una mejor comprensión de este último sentido Novara y Ronda (1986) hacen referencia a una doble confluencia. Desde su perspectiva, la paz supone además de ausencia de guerras y violencia directa, ausencia de violencia estructural, entendida ésta como el reconocimiento práctico de la libertad, la tolerancia y el establecimiento de la justicia en las relaciones personales y sociales.

De este modo, construir la paz implicaría construir sociedades en donde además de ausencia de conflictos bélicos, existiera el compromiso de respetar los derechos fundamentales de la persona. Müller (1995) entiende la paz como respeto, comprensión y colaboración entre los hombres y los pueblos, como promoción de los derechos humanos y de la justicia, como desarrollo, libertad, superación de todo tipo de violencia... Otros autores (Ortega et al. 1996) subrayan que la paz entraña como valor primordial el respeto a la vida que excluye el recurso a la violencia física, psíquica o espiritual, y hablan de la paz como un valor dinámico, un valor que siempre hay que estar persiguiendo, y por tanto algo cuyo alcance requiere una conquista continua.

¿Qué es educar para la paz? La educación para la paz se define como un proceso dirigido tanto a los individuos como a la sociedad para que actúen, conforme a los principios contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos y todo el corpus jurídico internacional que los desarrolla, en favor del desarrollo sostenido de los pueblos, la protección y conservación del medio ambiente, la aspiración y acción en pro del desarme, el fortalecimiento de la convivencia social y la solución no violenta de los conflictos. Esta definición está sostenida por una concepción positiva de la paz como la situación caracterizada por un nivel reducido de violencia y un nivel elevado de justicia, entendida esta última como la satisfacción de las necesidades humanas básicas a través de un desarrollo ambientalmente sostenido.

La educación para la paz, es una propuesta que se plantea tras analizar la cultura actual, y concluir que es una cultura de violencia. Para educar en la paz es necesario crear nuevos espacios para el aprendizaje y ejercicio de la paz, es decir, experiencias que generen procesos dialécticos y vivenciales a través de los cuales los niños y adolescentes lleguen a ser tratados y a tratarse unos a otros, con respeto, como toda persona libre tiene derecho a serlo. Desde esta perspectiva, una educación para la paz tendría como finalidad impulsar un cambio social que sustituya la actual cultura de desigualdad y violencia por una cultura de respeto por las diferencias y de paz. Para Romía (1991) educar en la paz implica: 1) dar prioridad a la libertad entendiendo el acto educativo como un medio de emancipar; 2) potenciar la responsabilidad y la solidaridad; 3) desterrar todo tipo de violencia tanto física como psicológica; 4) potenciar la autoestima individual y colectiva; 5) establecer procesos de cooperación, desterrando los enfrentamientos competitivos; 6) educar en el respeto a la diversidad, potenciando la tolerancia; y 7) estimular las relaciones interpersonales, promoviendo el factor socio-afectivo de los grupos.

En un mundo estructurado en torno a la violencia, el valor de la paz emerge como una de las preocupaciones primordiales de la humanidad. Si bien es cierto que la ausencia de paz no es algo reciente y que únicamente caracterice a las sociedades actuales, sino que ha estado siempre presente en el mundo (no ha habido ninguna época en la historia del hombre en que toda la humanidad haya conocido la paz), también lo es el hecho de que esta carencia se va acentuando progresivamente a medida que avanzamos en el tiempo. Hoy en día es tangible la contradicción que afecta a la humanidad, por un lado, existe un esfuerzo por crear un clima que albergue a sociedades auténticamente humanas así como un deseo de paz perseverante perseguido, pero, por otro lado, la humanidad recurre de manera sistemática a la violencia como forma de solucionar los conflictos.

Si analizamos al hombre en términos de paz-violencia encontramos de manera paradójica en él una aspiración a la paz, una pretensión a alcanzar una convivencia en armonía consigo mismo y con los demás, pero también una tendencia a la coacción y al sometimiento del prójimo. De esta manera si apostamos por la paz y es hacia ella hacia donde queremos dirigir nuestros esfuerzos, debemos fomentar, comprometernos con este primer aspecto del hombre que contempla una convivencia armoniosa y libre de amenazas. En definitiva, se trata de favorecer los rasgos y actitudes del hombre susceptibles de garantizar una convivencia pacífica como son el respeto por todo lo que vive, la identificación con la humanidad en su conjunto, la postura crítica ante cualquier asalto de los derechos humanos...

La educación para la paz encuentra en el entorno escolar un lugar propicio para su realización. Para ello es necesario un ambiente escolar en el que la paz se constituya como valor fundamental, un marco educativo que sea en sí mismo no violento. Este aprendizaje requiere el entrenamiento de niños y adolescentes en tareas que potencien: la responsabilidad, el diálogo, la participación, la descentralización, la contemplación del punto de vista de los demás compañeros, la defensa de la libertad, la tolerancia, actitudes de cooperación, el entrenamiento en formas creativas de resolver los conflictos… En la educación para la paz, resultan adecuadas metodologías de investigación-acción, que estimulen la acción y participación de todos los miembros del grupo, a través de juegos cooperativos, de simulación, dramatización, o a través del análisis de situaciones conflictivas, debates, y actividades que estimulen el desarrollo grupal, es decir, actividades que fomenten la confianza, la cooperación, la capacidad de resolución constructiva de conflictos...

What should be changed in current education in order to make progress in the values mentioned in the previous question? Who should set it in motion and how?

Los cambios en la educación actual para avanzar en el desarrollo de estos valores ético-morales son sin duda necesarios. Una línea de intervención puede ser desarrollar sistemáticamente a lo largo de todos los ciclos educativos programas de intervención para fomentar el desarrollo socio-emocional, para fomentar una educación para la convivencia, para prevenir la violencia, para fomentar el pensamiento creativo… formando parte del proyecto educativo de centro.

No obstante, para que la escuela pueda hacer estos cambios, y para que los niños y adolescentes puedan crecer con valores prosociales, es absolutamente fundamental que la sociedad adulta cambie, ya que una de las fuentes principales de aprendizaje es la observación, los niños aprenden de lo que observan, y también aprenden en función de los refuerzos o recompensas que reciben por sus conductas de parte de los demás (adultos, otros compañeros/as, profesores/as…).

Así, que para que los niños se eduquen en la paz y la convivencia deben vivir en un mundo en el que observen el respeto por los derechos humanos, en el que los adultos realicen conductas prosociales, muestren sentimientos de empatía hacia otros seres humanos, en un mundo en el que no estén expuestos constantemente a modelos de violencia en la televisión, en internet, en la vida real…, un mundo sin guerras.

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